¿Por qué le temes a las estrellas?
Autora: Corazón de Fuego
¿Por qué le temes a las estrellas? Esa fue la pregunta que despertó a Richard de su sueño, haciendo que se sentara junto a la ventana, observando la oscuridad de la noche mientras su cabeza no paraba de pensar. Aquella noche no pudo dormir: las pesadillas, los recuerdos, el dolor… no lo dejaban respirar. Entonces apareció el primer rayo de sol, reflejándose en su ventana, brillando en los copos de nieve como si fueran pequeñas galaxias. Ya no había tiempo para seguir pensando. El día había llegado y su rutina de ir al trabajo tenía que continuar. Se vistió, luego fue a la entrada, se puso su abrigo, tomó su bloc de notas, su lápiz y salió.

Todo parecía tranquilo, pero había algo que no se callaba, algo que no podía controlar y él odiaba no poder hacerlo. Por alguna razón, aquella pregunta se quedó grabada en su cabeza. La escuchaba una y otra vez, como un eco. No entendía por qué, pero esa pregunta lo tocó en alguna parte que despertó algo en él. Buscando respuestas, sin darse cuenta, llegó a su trabajo.

Richard trabajaba en una cafetería tranquila, llena de libros y con un seductor aroma a café, con un toque de vainilla y chocolate proveniente de los dulces. Él era camarero, aunque su papel en la cafetería no le gustaba tanto, ya que tenía que hablar e interactuar con las personas, y eso siempre le resultaba agotador. Aun así, había algo que sí le gustaba: allí no cometía errores, ya que todo le salía perfecto la mayoría de las veces. Y eso, para él, valía más que los segundos de interacción con los clientes. Cuando tenía tiempo libre, sacaba su bloc de notas y su lápiz y comenzaba a escribir poemas o historias. Para él, esa era una manera en la que el ruido de su cabeza parecía bajar de volumen.

Mientras escribía, se acercaron dos clientes. El pedido era sencillo: un café negro sin azúcar y un capuchino. Richard repitió la orden más de tres veces en su cabeza mientras trabajaba. En ese momento, su compañera, al tener que atender a otro cliente, dejó un libro fuera de lugar. Richard lo notó de inmediato. El libro no pertenecía ahí. Después de eso, mientras Richard hacía los pedidos, no podía concentrarse, así que tomó el libro y lo colocó en su sitio. Luego volvió con la orden. Cuando dejó las tazas en la barra, uno de ellos dijo:

—Perdone, joven, pero pedí el otro…

Richard sintió como si una ola gigante lo hubiera golpeado. No podía creerlo. Había confundido la orden.

—Lo lamento, ahora se lo traigo —dijo Richard,

Mientras su cabeza todavía estaba en shock por lo que acababa de ocurrir, se dispuso a preparar el pedido correcto. Entonces, se dio cuenta de que los clientes reían, como si nada hubiera pasado. Sin embargo,

Richard no lograba perdonarse a sí mismo.
Para él, la perfección era la definición de paz y éxito.

Todo tenía que estar en su lugar, todo tenía que estar limpio y todo tenía que seguir su rutina. En parte, era algo que su familia había construido en su cabeza desde que era pequeño. Richard no habló hasta los siete años, lo que provocó que muchos a su alrededor lo rechazaran. Pero cuando empezó a hablar, le exigieron perfección. Si no lo hacía perfecto, entonces todo se volvía un infierno. Con el tiempo, empezó a amar el silencio, y la perfección le daba tranquilidad.

Mientras su cabeza lo castigaba con recuerdos, llegó su compañera, Lydia, y le pidió que fuera a atender las mesas. Richard caminó con los pies temblando y se dijo a sí mismo que su día no podía empeorar. Empezó a atender clientes, con el corazón latiendo como si fuera un tambor. Hablaba escuetamente y casi no miraba a los ojos. Su misión ahora era sobrevivir a lo que más temía: hablar con las personas. Mientras acababa de salir de atender una mesa, escuchó una voz dulce y suave:

—Um… disculpa, joven.

Richard se volteó, dudando si se dirigían a él. Entonces la vio. Una chica de pelo rubio dorado, largo, y unos ojos azules tan claros como un cielo despejado en primavera. Estaba parada detrás de él, con una sonrisa, sosteniendo un papel entre sus manos. Él la miró sin saber cómo reaccionar. Ella le extendió el papel con delicadeza. Cuando Richard se fijó, se dio cuenta de que era una hoja de su bloc de notas que se le había caído. La tomó con la mano temblorosa. No sabía si la chica la había leído, si se estaba riendo de él o pensando algo extraño. El silencio se volvió incómodo para Richard. Ella se quedó allí, sosteniendo la mirada solo un segundo antes de bajar los ojos. Sonrió, pero no de forma radiante; fue una sonrisa pequeña, nerviosa, como si tampoco supiera muy bien qué decir. Entonces su voz dulce se escuchó, rompiendo el silencio:

—Me llamo Asterin. ¿Y tú?

Richard abrió la boca, pero las palabras se negaron a salir. Su mente todavía estaba clavada en esa hoja, en sus preguntas y en cómo responderle a aquella desconocida. Al ver su reacción, ella pareció entender, así que soltó una risita, no burlona, sino amable y cariñosa.

—No te preocupes —dijo—. No leí la hoja. No me gusta leer las cosas de los demás.

Richard vio que, en ese momento, ella giró la cabeza mirando a un chico moreno. Él solo giró la cabeza en señal de no me mires a mí. Richard sintió alivio… y también curiosidad por qué ella había mirado a aquel chico. Miró por un segundo la mesa donde estaba aquel joven. No estaba solo. Había una muchacha de cabello negro y ojos marrones, un chico rubio de ojos verdes y el joven moreno de pelo rizado. También vio una silla vacía. En ella había un libro, una libreta abierta… y el lugar de Asterin. Entonces Richard decidió hablar para responderle y acabar con esto.

—Me… llamo Richard.

Intentó sonreír y ser escueto, intentando no fallar. Cuando decidió irse y girarse, convencido de que aquel momento incómodo por fin había terminado, volvió a escuchar su voz. Entonces se dijo en su cabeza, casi suplicando: ¿por qué a mí?

—¿Te gustaría sentarte con nosotros?

Richard se dispuso a decir que no. Ya tenía la respuesta lista en su cabeza: que estaba muy ocupado. Aunque, en realidad, no lo estaba. Todas las órdenes ya estaban hechas. Antes de que pudiera decir algo, su compañero Luis pasó cerca y lo escuchó.

—¡Oh! Richard, eso es increíble —dijo con entusiasmo—. Anda, ve y siéntate, haz amigos. Ya no tienes más trabajo, y si llega algo, yo me encargo por ti.

Richard sintió un escalofrío. No quería ir, no quería interactuar con ellos. Para él, aquello era incómodo.

Miró a Luis con incomodidad, pero aun así forzó una pequeña sonrisa.

—Gracias, Luis.

Siguió a aquella chica hasta la mesa. Tomó una silla y se sentó rígido, mirando fijamente la mesa, evitando cualquier contacto visual. Richard podía sentir las miradas clavadas en él, y eso lo hacía sentirse peor. Quería desaparecer, que la tierra se lo tragara o huir de allí. Entonces una voz más firme, pero amable a la vez, habló:

—Soy Valeria. Es un gusto tenerte aquí.

Richard no la miró directamente. Solo fijó la vista en un ángulo que hiciera parecer que lo hacía. Entonces otra persona habló; su voz era más feliz y animada:

—Oye… escribes muy bien. Ese poema se sintió muy fuerte.

—¡Elías! —dijo Asterin, mirándolo fijamente, molesta e irritada.

Valeria apoyó la cabeza sobre sus manos, que descansaban en la mesa, mientras el chico rubio se golpeó la frente con frustración. Entonces Richard entendió. El chico que se llamaba Elías había leído lo que estaba en esa hoja. Sintió un calor muy fuerte recorrerle el cuerpo y cómo su mundo se desmoronaba. Cada una de esas hojas contenía fragmentos de él: sus dudas, miedos, imperfecciones, tonterías. Que alguien las leyera era como quedar expuesto. Y eso era, para Richard, lo peor que podía ocurrir. Ya no podía esconderse. Y lo peor no era eso. Lo peor era no saber cuál de todas las páginas había leído.

Entonces el chico rubio habló: —Me llamo Ethan. Tú debes ser Richard. No te preocupes, te escuchamos cuando le dijiste tu nombre a Asterin.

Richard solo asintió y volvió a quedarse en silencio. No sabía qué hacer, cómo responder, qué tenía que decir. Entonces, debajo de la mesa, revisó la hoja con cuidado. Solo unos segundos eran suficientes. Cuando miró, leyó el poema, que decía lo siguiente:

Tal vez no temo a las estrellas.
Tal vez temo
que brillen demasiado
para alguien como yo.

Intenté hablar con Dios,
pero no supe
qué versión de mí
era aceptable.

Las estrellas son inalcanzables.
No sé si la perfección sea igual.
Intento ser perfecto
para sentir que mi mundo
no está roto.

Pero no lo logro.
Entonces sigo aquí,
preguntándome
si una estrella
que no brilla bien
también cuenta…
Jesús me ama, por eso sufrió el dolor de la cruz.
Lo hizo por mí… no por quien fingía ser.

Richard sintió un nudo en la garganta mientras contenía las lágrimas. Entonces miró por primera vez a Ethan a los ojos y logró ver algo. Sus ojos se veían cristalinos; él estaba hablando no desde simples palabras, sino desde algo que sí vivió, algo que dolió y que ahora estaba sanado. Ethan sonrió ligeramente. Richard desvió la mirada hacia la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecer y algunas luces lejanas ya brillaban. Los pensamientos que no quería decir en voz alta se agolparon en su pecho.

Entonces la voz de Asterin rompió el silencio:
—¿Por qué le temes a las estrellas?

Esa pregunta lo atravesó. No supo por qué, pero su respiración comenzó a entrecortarse. Recordó noches enteras mirando el cielo, sintiéndose minúsculo, fuera de lugar, insignificante, imperfecto… un error. Las veces en las que miraba las estrellas y sentía que alguien perfecto nunca llegaría a aceptarlo con sus errores, como si esa luz no fuera para él.

Elías frunció el ceño, confundido. Richard volvió la mirada hacia Asterin, con una mezcla de duda e intriga. Era la misma pregunta que había tenido aquella noche, y ahora se la decía una joven frente a él.

—No entiendo a qué te refieres.
Asterin lo miró fijamente y dijo suavemente:

—Creo que sí lo sabes. Solo que todavía no lo has visto.
Guardó silencio un instante antes de añadir:

—La respuesta no se encuentra instantáneamente. Se descubre mientras caminas. Pedid y se os dará, tocad y se abrirá. No te preocupes, Richard, todo estará bien. Solo que tú tienes que vivirlo, y sé que lo harás.

Richard no respondió. Bajó la mirada, incómodo, como si la pregunta hubiera tocado algo frágil. Algo que siempre había evitado nombrar, tocar… o abrir. El reloj del café marcó la hora de cierre. Richard se levantó, se despidió con un gesto rápido y salió. Se fue con la cabeza dando vueltas, como cuando caminó por la mañana. Luego fue a la parte de atrás a ordenar antes de cerrar. En un momento, apoyó la sien contra la ventana. El cristal estaba frío.

—Si eres perfecto… —susurró—, ¿qué haces con lo que no lo es?

No hubo respuesta. Tal vez nunca la había habido o tal vez él no sabía escucharla sin miedo.
—No sé cómo acercarme —añadió en un murmullo—.
No quiero hacerlo mal. Solo espero saber...
si realmente merezco tu gracia.

El atardecer teñía el cielo de tonos suaves, y la primera estrella comenzaba a brillar. Salió del café y se dirigió a su casa. Mientras caminaba hacia su casa, una brisa ligera acarició su rostro. Las estrellas iluminaban la noche junto a los copos de nieve, que caían lentamente, reflejando la luz de los postes como fragmentos de cielo caídos en la tierra. Entonces vio a alguien en medio de la oscuridad. No era una sombra, tampoco una amenaza. Había luz a su alrededor, una paz extraña que no encajaba con la noche fría.

Aun así, el cuerpo de Richard reaccionó antes que su mente. Se detuvo. El pulso se le aceleró. Su instinto le gritó que se alejara. La figura avanzó a paso rápido; Richard retrocedió un paso. Solo sentía la distancia acortándose y se sentía atrapado. No sabía si tenía que huir o pasar de largo, pero el miedo lo paralizó.

Entonces el extraño lo abrazó. Lo abrazó tan fuerte, tanto, que parecía estar diciendo mil palabras sin decirlas. Richard se tensó por completo. Su respiración se volvió irregular. No sabía qué hacer con aquello. Sintió que no era solo un abrazo; eso lo tocaba profundamente. Nunca nadie lo había abrazado y no sabía cómo reaccionar. Él no respondió al principio. Sus brazos quedaron inmóviles a los costados, como si su cuerpo no supiera cómo hacerlo.

Aquello tal vez parecía un simple abrazo, pero lo que nadie sabía era que estaba desarmando defensas que llevaba años sosteniendo y mentiras que tenía grabadas en su mente. Entonces algo cedió. Las lágrimas acariciaron sus mejillas, cayendo una tras otra como pequeños diamantes. Sus manos temblaron antes de aferrarse a la ropa del desconocido. Apoyó la cabeza en su pecho, torpemente, como si fuera su papá. Como alguien que aprende por primera vez algo que siempre necesitó. Entonces oyó que aquel extraño le susurró. Su voz era suave, profunda y llena de verdad.

—No quiero perfección, te quiero a ti. La gracia no se puede comprar porque ya yo te pagué con mi sangre. Tú eres mío. No tienes que demostrar nada ni esperar ser perfecto para acercarte a mí. No quiero esclavos, solo quiero amigos, familia. Mientras camines, aprenderás a hacerlo bien… no a hacerlo perfecto. Mi poder se perfecciona en tu debilidad.

Algo se quebró en Richard. No con violencia, sino trayendo alivio. Las lágrimas ya no podían detenerse.

—Yo te amo —continuó la voz—, y lo único que quiero es a ti… y a un corazón dispuesto a cambiar.

—Y-yo… —balbuceó Richard—. Yo quiero cambiar.

Entonces aquella persona lo abrazó aún más fuerte y le dijo:

—Lo sé.

Después de unos segundos, se separaron. Richard levantó la mirada y lo entendió sin necesidad de preguntas. Sus ojos se encontraron con los de Él, y todo encajó. Esa persona era Jesús.

—Es hora de ir con Papá.

—No… —susurró Richard, con miedo—. Contigo me basta, no sé si yo pueda…

—Mi querido Richard… Yo soy el camino al Padre —respondió Jesús—. Iré contigo y te ayudaré, pero Él es tu Papá. Y piensa lo mismo de ti. No tengas miedo, Él y yo estaremos contigo todos los días.

Richard lo abrazó nuevamente y entendió esa verdad. Comprendió que no necesitaba ser perfecto para alcanzar la gracia, porque la gracia ya había sido un regalo. Después de eso, una brisa suave acarició su rostro. Cuando levantó la cabeza, Jesús ya no estaba. Aun así, Richard lo sentía. Algo en él había cambiado, y esta vez… para siempre.

Richard no se volvió perfecto. Siguió teniendo días difíciles, silencios largos y pensamientos que a veces pesaban más de lo que quería admitir. Pero algo había cambiado. Con el tiempo, empezó a sentarse en aquella mesa del café. Al principio solo escuchaba. Luego, de vez en cuando, decía alguna frase corta. Nadie lo apuraba. Nadie se burlaba. Nadie le exigía ser distinto.

Asterin hablaba de flores, viejas historias y nuevas experiencias con personas, con mucho entusiasmo. Valeria escuchaba con una paciencia que hacía sentir seguro, y cuando hablaba, lo hacía con una verdad tan profunda que podía hacer estremecer tu mundo. Ethan entendía los silencios sin necesidad de explicarlos. Incluso Elías aprendió a pedir permiso antes de leer lo que no era suyo y a ser más prudente. Richard empezó a llamar a eso amistad, y gracias a ellos logró crecer aún más.

Con el tiempo, más jóvenes se unieron a su equipo. Ethan se mudó a otro país, pero ninguno perdió el contacto. Richard aún escribía en su bloc de notas, aún dudaba, aún tenía miedo a veces. Pero ya no se sentía solo. Cada noche, cuando veía las estrellas, recordaba aquella pregunta. Y aunque todavía no tenía todas las respuestas, ahora sabía algo importante:
Una estrella que no brilla perfecto… también cuenta,
para un Dios perfecto, lleno de amor.
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